Era una calurosa tarde de Enero, el calor era agobiante, deambulaba por la calle, hasta que vi tu negocio, traspase la puerta, el fresco del interior me acogió como un bálsamo, para mi cuerpo caliente por el sol, de la calle.
Detrás del mostrador te encontrabas vos, ensimismado en tu computadora, salude, levantaste la vista y con una sonrisa radiante me dijiste, “ necesitas algo?”, “si, lo más fresco que tengas”, dije con mi sonrisa mas cautivadora…
Observe, que tu mirada se detenía en mi escote, insistentemente, te mire fijo, tu cara expresiva y tus ojos, dejaban traslucir el deseo, que estabas empezando a sentir, en tu entrepierna. Al lado del mostrador se encontraba la heladera, “servite, lo que quieras, esta todo fresco” dijiste, enfile para el lugar y al mismo tiempo vos también te levantaste, llegamos juntos a la puerta, tu mano rozo mis senos al abrir la puerta, al instante mis pezones se endurecieron, podía percibir el aroma a deseo que destilaba tu cuerpo, al igual que el mió.
Sin saber ni como, ni porque empezamos a besarnos apasionada mente, tus manos se perdieron en mi escote, las mías en tu entrepierna, enredados así nos dirigimos al mostrador, te apoyaste en tu banqueta y me apretaste contra tu cuerpo, lentamente me fui deslizando hasta tu cremallera, baje lentamente el cierre, podía hacer lo que quisiera, ya que en esa posición quedaba oculta a la vista de todos, entonces tome con mi mano, tu pene que se me ofrecía grande y enhiesto, duro como roca, lo puse en mi boca, y comencé a succionarlo, con avidez, con deseo y con ganas, tus ojos no dejaban de mirarme, y eso me excitaba cada vez mas, tus manos en mi cabeza acompañaban mi movimiento sobre ti, ardiente te dejaste llevar al clímax, me incorpore y me dirigí al fondo donde estaba el baño, al salir, estabas viniendo en mi dirección, habías cerrado en ese momento, me arrinconaste contra la mesa de pool, tus manos comenzaron a deslizarse por mi cuerpo, mientras tu boca bajaba anhelante por mis pechos, succionando los pezones con suavidad, mientras tu mano se perdía en mi vagina, húmeda y deseosa de tu lengua, así te lo hice notar y te deslizaste hasta ella, comenzaste a lamer mi clítoris, con suavidad, mi espalda se arqueaba para recibirte con mas fuerza, entonces me levantaste y me apoyaste sobre la mesa, abriendo mis piernas para recibirte en mi interior, cabalgabas sobre mi vientre y mis piernas se elevaron, para que tu pene entrara triunfal, tus embates junto a mis movimientos me llevaron al clímax, rápidamente me giraste boca abajo y separaste mis nalgas, mi deseo era tal que lo único que quería era que me penetraras otra vez, y así lo hiciste, gemíamos al unísono, tus gemidos me hacían elevar mas la temperatura y los míos te hacían arder cada vez mas, así acoplados a la perfección llegamos al clímax, esta vez juntos, tu pecho se reposo sobre mi espalda, exhausto pero feliz.
Lisbeth.


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