Caía la noche, nubarrones negros asomando sobre el horizonte, presagiaban la tormenta que se avecinaba.La brisa leve, principiaba a tornarse en viento fuerte, las ramas de los árboles se agitaban furiosas. Azoté mi caballo y me largué raudo por la pradera, debía llegar antes que la tormenta arreciara.
Hinqué las espuelas en los ijares azuzándolo a Corcel, nos conocíamos desde que yo era un niño, sabía lo que deseaba de él, para tranquilizarlo me recosté sobre su pescuezo hablándole suavemente pero con premura.
Habíamos recorrido unas quinientas yardas, cuando en el cielo ya completamente encapotado, reverberó un rayo que lo surcó, transformando la noche en día.
Cayó justo en medio del bosque hacia el cual nos dirigíamos, estando a pocos metros de la entrada, instintivamente Corcel quiso retroceder, se incorporó en sus patas traseras derribándome al suelo, dejándome aturdido por el golpe.
Traté de levantarme, desgraciadamente en el mismo instante sentí un gran estrépito sobre mí, sólo giré mi cabeza para ver como un enorme gajo se precipitaba, quise rodar para ponerme fuera de su alcance pero fue en vano. Cayó sobre mis piernas y la mitad de mi torso aprisionándome.
Un grito de dolor escapó de mi garganta surcando el bosque y la pradera, a pesar de los relámpagos y el tronar de los refucilos, Corcel que había corrido al galope asustado al oírme se detuvo en seco, antes de quedar inconsciente vi como se volvía hacia donde yo estaba.
Me encontraba malherido, bajo la tormenta que arreciaba vorazmente, parecía que mil demonios surcaban el cielo, los relámpagos dibujaban formas fantasmales, a través del velo que surcaba mi cara pude distinguir la figura de Corcel a unos pasos de mí.
Traté de salir de mi prisión, no podía mover mis piernas, le silbé para que se acercara, al hacerlo tomé las bridas que colgaban del bozal y lo azucé.
Comenzó a retroceder, una punzada de dolor me atravesó, mi grito desgarrador lo hizo detenerse, contuve el aliento y lo volví a azuzar debía salir ahí.
Podía sentir el olor a humo, no veía de donde provenía pero mi instinto de supervivencia me decía que tenía que salir.
Corcel volvió a jalarme, esta vez con más fuerza, el dolor era acuciante pero contuve el aliento, me arrastró hasta quitarme de debajo del gajo que me aprisionaba.
Erguí mi cabeza dirigiendo la mirada a mis piernas que continuaban inmóviles, la mirada se me nublaba, agucé la vista lo más que pude y lo que vi me causó estupor.
De una de ellas emergía entre la tela desgarrada un trozo del gajo que me había aprisionado, traspasándola de lado a lado, la sangre había empapado por completo lo que quedaba de mi pantalón.
Un nuevo dolor cerca de la ingle, me hizo llevar la mano hacia ese lugar, con horror descubrí otra astilla clavada en mi cuerpo, las botas de color negro habían tomado un tinte pardo por la sangre vertida en ellas.
Me dejé caer nuevamente sobre mi espalda, tratando de evaluar la situación y la gravedad de mis heridas, estas eran profundas y graves, el adormecimiento por la falta de sangre iba a hacer que perdiera la conciencia una vez más, no debía dejarme vencer.
El rebuzno inquieto de Corcel puso mis sentidos en alerta. Giré mi cabeza hacia el bosque y vi como lenguas de fuego comenzaban a devorarlo.
Jalé otra vez de las riendas, Corcel se acercó, con una fuerza sobrehumana lo hice hincar en sus patas delanteras, me pude recargar sobre su lomo, hasta quedar a horcajadas.
-¡Sácame de aquí! apremió mi voz con casi el ultimo aliento que me quedaba.
Se puso en marcha en el momento exacto en que una rama ardiente se desplomaba en el lugar que antes estuviéramos.
Desvanecido por la perdida de sangre y el esfuerzo realizado, dejé que mi cuerpo reposara sobre su pescuezo.
Cabalgamos en la noche, el compás de su galope me acuna, me mece, siento en mi cara el viento ya no hay dolor, sólo hay una paz interior en mi que me eleva hasta las nubes que comienzan a disiparse en el éter surcado de estrellas, en las alas de la muerte me deslizo, en la cruz de mi fiel Corcel.
Lisbeth.


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