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Rojas, Buenos Aires, Argentina
Escritora amateurs

4/10/2011

Sin Compasión.




Sonó el despertador, instintivamente estiró la mano y lo detuvo, marcaba las 6.30.
Caminó hacia el baño, traspasó la mampara hasta colocarse bajo la roseta de la ducha, el agua caliente golpeó con fuerza en su cuerpo quitando todo resto de sueño.
Para vestirse eligió un traje azul oscuro, camisa beige con corbata gris listada con finas líneas celestes.
Peinó su cabello negro rizado, se calzó los zapatos bien lustrados y se dirigió escaleras abajo camino a la cocina.
La máquina de café Express preparada la noche anterior en diez minutos le proveyó de una taza humeante. Mientras sostenía la taza en su mano, reojeó los documentos que había sobre el maletín.
Miró el reloj de su muñeca, 7.30. Guardó todo con prisa y se dispuso a salir tenia una hora de trayecto hasta su estudio.
Todo indicaba que sería un día normal, el tráfico circulaba sin mayor inconveniente, así llegaría a las 8.30.
La marea de autos en la autopista, comenzó a hacerse lenta y tediosa. Las bocinas principiaban a tocar un acorde que dejaba traslucir la incomodad de los conductores por la demora.
Eso lo saco de sus cavilaciones, por fin se despejo el carril por el cual venia, pudiendo avanzar sin mas retraso.
Llegó al edificio donde se encontraba su estudio, era uno de los más lujosos, la arquitectura moderna estilo futurista le daba un aspecto de opulencia y buen gusto.
Descendiendo a la cochera, el guardia de la entrada le saludo con una inclinación de cabeza, él respondió del mismo modo dirigiéndose a su lugar, donde a diario dejaba su coche. Apeándose del mismo se encaminó hacia el ascensor, junto a éste se encontraba un hombre con mameluco y con una caja de herramientas en su mano, parose junto a él en la puerta y esperó.
Por el rabillo del ojo pudo ver que se trataba de un joven de aproximadamente 25 años, el cabello hisurto semi-largo, dejaba escapar unos mechones rebeldes por debajo de la gorra.
Subieron juntos sin que mediara entre ellos ninguna otra palabra más que el saludo. Al entrar ambos en el ascensor el joven pulsó el cuarto piso, él se bajaba en el tercero. Cavilaba sobre lo que tenía que hacer esa mañana, el juicio del día anterior lo había dejado extenuado, la causa era que por primera vez en los años de carrera que llevaba, le había tocado defender a un hombre que era culpable y con maestría lo habían dejado libre gracias a su desempeño, pero él no estaba conforme con la sentencia. Lo único que lo tranquilizaba era que había hecho su trabajo, al igual que siempre. Después de tantos años, la moral lo atacaba por primera vez, él era un hombre recto, pero con el tiempo se había transformado en un ser sin escrúpulos a la hora de algún litigio y empleaba todas las armas legales en su poder para salir airoso, eso le había dado una reputación que hoy valía mucho dinero para cualquiera que lo contratara.
Pero el último caso lo había dejado vacío, después de defenderlo y lograr la sentencia de su acusado y conseguir que lo dejaran libre, un sentimiento de culpa se había apoderado de él.
Los ojos de uno de los hijos y el esposo de la víctima, mirándolo con resentimiento y asco lo habían movilizado.
Alzó la mirada hacia el espejo del ascensor, al toparse con la del joven creyó ver en ella rabia, odio y resentimiento, desvió la vista pensando que eran imaginaciones de su mente, cuando volvió a posar sus ojos en el joven éste miraba hacia el piso. Eso lo convenció de que había sido una jugarreta de su mente, nunca se figuró cuan equivocado estaba, hasta que fue muy tarde para darse cuenta.
Llegando al segundo piso el joven se agachó abriendo la caja de herramientas que portaba, él no prestó atención.
Con la velocidad de una serpiente éste había detenido el ascensor entre ambos pisos, en su mano traía una Browne 45, la amartilló en su cabeza lastimándole el cuero cabelludo mientras lo aprisionaba contra uno de los lados del ascensor.
Ahora la mirada furibunda del joven se hizo presente ya no era una utopía de su mente, lo que sucedía en ese momento era real, la vida le pasó en milésimas de segundo como una película. El odio que despedían los ojos del joven le causó pavor, en su interior sabía que era el fin de todo lo que conocía.
-¡Tú eres tan culpable como el que mató a mi madre! ¡Asesino! mascullo el joven entre dientes, apretando con fuerza el arma en su sien.
Cayó en la cuenta de que se trataba de uno de los hijos de la mujer asesinada por su cliente, las palabras le salieron a borbotones, suplicando por su vida.
El joven no se inmutó, ni siquiera al ver las lágrimas que corrían por el rostro del abogado, sólo pensaba en que si su madre habría tenido la oportunidad de pedirle por favor al asesino. Eso lo enervó aun más y sin pensarlo jaló el gatillo.
La sangre y restos de materia gris dibujaron un cuadro macabro en el espejo del ascensor, el estallido del disparo resonó como una bomba dentro de éste.
El cuerpo sin vida y desmadejado del abogado yacía en el suelo, el charco de sangre comenzaba a expandirse lamiendo la suela de sus zapatos, el joven instintivamente trato de dar un paso hacia atrás y le resultó imposible. Al ver el cuadro y la situación en la que se encontraba, como un autómata pulsó nuevamente el botón del ascensor, cuando éste se puso en marcha el sacudón lo volvió a la realidad.
Traspuso la puerta en cuanto se abrió, dejando al cuerpo del abogado dentro del ascensor, antes de salir miró a ambos lados cauteloso, al no notar la presencia de nadie volteó nuevamente hacia dentro del ascensor y pulsó el cuarto piso, saliendo antes de que la puerta se cerrara llevándose el cadáver.
Rápidamente se dirigió a las escaleras, llegando al hall del edificio se dirigió a los baños que se encontraban a un costado de los ascensores, dentro de este se deshizo de la ropa que traía junto con la caja de herramientas y el arma, que botó dentro del cesto de la basura.
Antes de retirarse se miró en el espejo, sus ojos estaban vacíos y desprovistos de toda emoción, en su interior el corazón se estrujo en sollozos, todavía faltaba dar con el asesino de su madre, su misión estaba cumplida a medias.
Recorre bares buscando, averiguando, tratando de saber donde se esconde. No va a cejar en la búsqueda hasta dar con él, el recuerdo de su madre no le permite descansar.
Ha perdido peso, se encuentra demacrado, solo la férrea intención de encontrarlo lo mantiene en pie.
Hace tiempo que se olvidó lo que es una buena comida, un buen baño y lo que es peor una buena cama donde poder conciliar el sueño, ese que se le escapa cada vez que intenta dormir.
La figura de su padre desbastada por la falta de su esposa, el llanto de su hermano menor, cada vez que se acuesta a dormir clamando por su madre lo enloquece y en lo único que piensa es en vengar su muerte.
Otra noche más que se larga a la calle en su búsqueda, las sombras acompañan su peregrinar y lo cobijan en la inmensidad de la ciudad.
El cartel de neón lo invita a entrar, tiene un presentimiento. Su instinto le dice que se está acercando cada vez más, dentro las luces mortecinas no le permiten ver bien, hasta que su vista se ajusta a la iluminación tenue de la estancia.
Mesas distribuidas por el salón estratégicamente con pocos clientes, entre ellos se encuentran las chicas que trabajan en el bar, el escenario al fondo con telón descolorido por el paso de los años, es iluminado en el centro por una luz psicodélica de vistosos colores que da un ambiente mas festivo que la música que se escucha cantar por la mujer parada sobre él.
Nadie le presta atención, hace el show para ella sola. Hace tiempo que el mismo se repite cada noche, ella también ya perdió la cuenta de cuando fue la última vez que cantó frente a un público ávido de sus canciones y de su sensual figura en otro tiempo turgente, pero ahora marchitada por el paso de los años y la vida de la noche.
A eso hay que sumarle el alcohol, las drogas y él que la hostigaba a diario y la castigaba por ser codiciada por los hombres que veían su show.
Hacia varios días que él no daba señales de vida, después del juicio que enfrentó ya no había aparecido por ahí, salvo esa noche en que vino para pedirle dinero y ante la resistencia de ella a dárselo no había tenido ningún reparo en golpearla hasta dejarla tendida en el suelo vomitando sangre.
“¡Maldito bastardo!” pensó mientras tarareaba la canción.
Él se acercó a la barra y pidió un whisky, nunca antes había tomado pero desde lo sucedido, lo hacia a diario mientras rastreaba al individuo al que estaba destinada su venganza.
Ella terminó su canción y se bajo del escenario caminando hacia la barra en dirección a él, se sentó dos butacas mas allá y pidió un scotch sin hielo, que le fue servido a regañadientes por el dueño del bar.
El joven la miró detenidamente, notó que en sus años de juventud debió ser una mujer bella y sensual, ahora el maquillaje no lograba cubrir el cardenal de su mentón ni el moretón en su ojo izquierdo.
Ella se dio cuenta que era observada por el joven y creyendo que podía sacarle alguna copa con sus artes seductoras se le arrimó.
“Cómo te llamas”.
“Quien quiere saberlo y para que” respondió él hoscamente.
“Cariño, no tienes que ser tan arisco, solo para saber como llamarte”.
“Mi nombre no importa, busco a un sujeto llamado Jimmy Hansen ¿lo conoces?”.
Ella se revolvió incomoda en su taburete, esbozó una sonrisa amarga pasándose la mano por los golpes
“Para que lo buscas, es mejor no encontrarlo a ese bastardo”.
“¿El te hizo eso?”
“Si, y otros que no se ven, además de robarme el poco dinero que tenía ¡el muy bastardo!”
“¿Sabes donde puedo encontrarlo? Me urge hacerlo, ¡por favor! la voz de él sonaba apremiante.
Ella lo miró detenidamente y pensó que puede querer este joven con Jimmy, no es de la clase de tipos con los que se liaba este y le resultaba extraño, mucho más porque no tenia traza de delincuente.
“Mira estuvo aquí hace tres noches, luego del juicio ese que tuvo, por cargarse a esa mujer.”
Apretó con fuerza los dientes, la rabia junto con la impotencia se reflejó en sus ojos, pero no dejó que ella lo notara, la dejó que siguiera hablando sin interrumpirla.
“Vino a por dinero y cuando lo consiguió se largó y no he vuelto a verlo, pero creo que puede estar con la fulana nueva que tiene desde hace un año.”
El vaso se le había vaciado, él presto le pidió otro trago quería que le dijera donde encontrar a la fulana esa y así tal vez diera con él.
“¿Donde trabaja, la fulana esa?”
“En la 45 y Sunset street, en el bar El Gato Pardo, tiene un departamento sobre él, seguro que ahí lo encontraras.”
“Si lo ves dale mis saludos a ese ¡bastardo!”
“Tranquila, que se los daré con mucho gusto muñeca”.
Salió raudo en busca del Bar, estaba a mas de quince cuadras, sus pies no caminaban volaban por la calle, su mente imaginaba la tortura que le provocaría para que sintiera en carne propia lo que suponía que había sentido su madre.
Pasado unos diez minutos se encontraba frente al bar, palpó su bolsillo comprobando que se encontraba ahí la segunda arma que había comprado el día en que fue el juicio y este asesino había quedado libre junto con la que había utilizado esa mañana para ultimar al abogado.
Del bar salía una música que le quitaba la soledad a la noche, varias personas se encontraban en el interior, por una de las ventanas pudo ver al sujeto acodado en la barra junto a una joven vestida llamativamente, esa debía ser la fulana.
Esperó paciente a que saliera, el frío se hacía cada vez más feroz pero él no lo sentía, la adrenalina corriendo por sus venas, le había quitado toda sensibilidad al frío, lo notaba sólo por el vaho que largaba su boca al respirar.
Pasada ya dos horas de encontrarse al resguardo de las sombras, vio salir al sujeto del bar dirigiéndose a la puerta que se encontraba a un lado.
Cruzó la calle en dirección a éste y mientras trataba de abrir la cerradura, lo encañonó presionando el arma en sus costillas. Éste dio un respingo al sentir el cañón, la sangre se le heló en las venas, comenzó a sudar sin mirar hacia atrás en un susurro preguntó:
“¿Que pasa, quieres dinero? No tengo, si eso buscas”
“¡Dinero! Ja, ja” la risa sonó sarcástica y cargada de odio.
Su cuerpo comenzó a temblar, no podía controlar los espasmos, él que siempre había sido cruel y sanguinario tenía miedo, esa voz estaba cargada de odio y desprovista de emoción, sonaba peligrosa y decidida, lo supo cuando escucho lo siguiente.
“Vengo a vengar a mi madre, dime porque, ¿Por qué la mataste? No te alcanzó con violarla, ¡también tuviste que matarla!”
Un escalofrío recorrió su espina dorsal, sabía que era su fin.
“No quise hacerlo, ¡por favor! fue un segundo, ella volteó a verme y después de eso no podía dejar que me acusara, ¡no podía volver otra vez a prisión!”
“¡Maldito asesino! ¿Te suplico mi madre por su vida? Y si así fue igual la mataste! ¡No te importó, bastardo!
Pero ahora tu también tendrás tu final y no supliques porque aun así no voy a desistir de matarte como el animal que eres.”
Levantó el arma apoyándola en la nuca del sujeto y sin decir nada mas disparó.
Giró, dejando atrás el cuerpo en medio de la acera que comenzaba a teñir la escarcha de rojo. No se volvió ni una sola vez, solo camino en la noche insondable que lo cobijó en sus alas oscuras, sus pasos lo llevaron al cementerio a la tumba de su madre, se desplomó hincando las rodillas en la tierra blanda, y por fin dio rienda suelta al llanto y a la angustia tantos días contenida, su alma y su corazón estaban en paz, había vengado la muerte de su madre, pero aun así quedaba algo por resolver y es que él en su afán de venganza se había convertido en asesino y no podía dejar eso así.
Levantó el arma que aun sostenía en su mano y apoyándola en su sien se disparó, cayendo sobre la tumba de su madre.
Lo encontraron la mañana siguiente cruzado sobre la tumba como abrazándola, ahora si estaba en paz.


Lisbeth.

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