En la profundidad de la noche, cuando todos los seres mortales que habitan la tierra, duermen en los brazos de Morfeo, hay alguien que deambula solitario, en busca de saciar su hambre insatisfecha.
Transita por las calles, en busca de su próxima victima, su andar es pausado, hasta se podría decir cansino, los sonidos de la noche acompañan cada paso.
Se detiene al resguardo de las sombras de la noche y observa….
Del Bar de la esquina, donde solo es titilante el cartel de neón, ya herrumbrado por los años, sale una silueta enfundada en abrigo oscuro, se arrebuja en él, y emprende el camino hacia su casa, a lo lejos es fácil distinguir que se trata de una mujer, él la observa a la distancia, y emprende su camino detrás de ella, sin que ésta lo note. Sin embargo ella, a pesar de ir concentrada en su mundo, se percata de que alguien la sigue y apura el paso, quiere dejar de sentir esa presencia que la hostiga cada noche, es siempre lo mismo, siente que alguien acompaña su andar, pero cada vez que gira no ve a nadie, a pesar de su miedo, ella también se siente protegida al mismo tiempo.
Llega a su casa, el vaho que sale de su boca, es testigo mudo del frío que hace en esta época del año, inserta la llave en la cerradura, gira y abre, pero antes de entrar gira en dirección a los pasos que la acompañaron y hace una señal de asentimiento con la cabeza, como diciendo “ya estoy en casa, gracias”.
Traspasa el umbral, y recuesta su espalda en la puerta, se queda pensando, en quién será que la acompaña todas las noches, en alguna que otra ocasión creyó verlo, pero fue solo su imaginación. Se quita el abrigo, lo deja caer sobre el sofá y se sirve una copa de coñac, mientras lo saborea, medita como ha sido su día, otro mas en que la vida o mas bien su vida, es una sucesión de hábitos y rutina, desde que él se marcho, ya nada volvió a ser lo mismo, no soporta estar en su casa, cada lugar le recuerda su presencia y eso la ahoga y hace insoportable estar ahí.
Apura su trago, camina hacia su dormitorio, el que compartiera con él, se desnuda, se acuesta y recuerda el día que vinieron y le dijeron que él había sufrido un accidente y en el cual había perdido la vida, el sueño tarda en llegar como todas las noches, pero esta noche es distinta, lo presiente.
Afuera todavía entre las sombras de la noche, se encuentra él, ve cada paso que ella da en el interior de la casa, la sigue a través de las ventanas, ya conoce su rutina de todas las noches, y espera paciente a que se apague la luz del cuarto.
Hace tiempo que la observa, a fuerza de seguirla durante tanto tiempo, se ha dado cuenta, que se termino enamorando, y ese sentimiento él no se lo puede permitir, el animal dentro de él, no lo deja sentir, pero se resiste y ha empezado a amarla.
Pero esta noche todo acabará, él animal a dominado al hombre otra vez y en unos segundos más, ya no quedará nada del hombre enamorado, se transformará en el animal que lleva dentro, ese que le hace cometer atrocidades, noche tras noche.
Sigilosamente entra en la casa, no tropieza con nada, conoce de memoria el lugar, sus pasos se apagan sobre la alfombra mullida, se detiene junto a la puerta del cuarto de ella, la empuja suavemente sin ruido, ella descansa en un sueño, su cabeza sobre la almohada, su cabellera negra esparcida en abanico, la luz de la luna que penetra por la ventana, le brinda una majestuosidad única, parece una diosa en pleno sueño eterno, se embelesa mirando tanta belleza y por un minuto pierde la noción del tiempo, vuelve en si de golpe, el animal ha surgido y esta sediento.
Sin más preámbulos, que el movimiento de su mano, busca entre sus ropas y deja a la luz una daga afilada, el reflejo de la luz de la noche dibuja en ella destellos plateados, en un santiamén la misma daga, esta bañada en sangre, ya no brilla.
Un solo quejido, luego un estertor y detrás la muerte, las sabanas empiezan a teñirse de rojo, sigue como dormida, ni un rictus de dolor, nada parece haber perturbado su sueño.
Él se vuelve lentamente para salir de la habitación, pero algo lo detiene, gira y la mira una vez más, de repente el hombre sede entre la nebulosa de su mente se abre paso y deja al descubierto al enamorado, sin poderse contener se arrodilla, al lado de su cama, toma su mano que yace sin vida, y la besa apasionadamente, levanta la daga y la hunde lentamente en su pecho, solo ruedan lagrimas por sus mejillas mientras la vida se escurre de su cuerpo, ya no siente dolor, solo calma y paz, el hombre al fin a podido con el animal y esta batalla la ha ganado él.

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