Camino indolente por entre la marea humana, que se dirige contraria a mí.
Mis pensamientos divagan, en los recuerdos que como pantallazo, surcan mi mente.
Las sensaciones de la noche vivida, hacen galopar mi sangre, paso suavemente la lengua por mis labios, buscando restos de los de ella.
Sólo saboreo la sal que dejan en su recorrido, las lagrimas que ruedan por mi rostro. Caigo en la cuenta de que estoy llorando, comienzo a entender las miradas de las personas que cruzo en mi trayecto.
Sigo, nada me detiene. A lo lejos vislumbro el lugar, ese al que no quisiera llegar nunca, pero es inevitable que lo haga, mi casa.
Coloco la llave en la cerradura, entro resuelto.
El silencio me golpea como una bofetada, sólo se escucha el ronroneo proveniente de la heladera.
Me dirijo a las escaleras, mi cuarto tiene la puerta entreabierta, apoyo mi mano empujo suave pero con firmeza.
Por la ventana se cuelan los rayos de la mañana, la cama revuelta, con la huella de un solo cuerpo, muda testigo de una noche insomne, intranquila.
La veo sentada frente al tocador, peina su cabello ensimismada en sus pensamientos, me acerco apoyo mi mano sobre su hombro, su espalda se tensa por el contacto.
A través del espejo veo sus ojos, cargados de dolor y desprecio.
_Perdóname, por favor!!!!!!
Baja la mirada, su silencio es más hiriente que mil palabras. Quisiera que me gritara, hasta le permitiría que me golpeara, verla reaccionar. Pero nada de eso sucede.
Simplemente permanece en silencio.
Hace nueve meses, que bebo el néctar de otro cuerpo y disfruto el sabor de otros labios.
Ella hoy lo sabe o al menos eso creo. Es la primera vez que no llego a dormir, siempre trate de que no notara, de que ya no la amaba.
Mis lágrimas no parecen conmoverla, giro bruscamente, febrilmente abro las gavetas de la cómoda y comienzo a llenar una valija.
Ella impávida, me observa dejándome hacer.
No soporto mirarla a los ojos, mi cobardía no me lo permite, se me hace imposible enfrentarla.
Bajo las escaleras valija en mano. Recorro mi casa por ultima vez, lentamente camino hacia la puerta, antes de traspasar el umbral doy una mirada.
Ella está parada en el descanso de la escalera, su mirada está cargada de desprecio y rencor, sentimientos que yo provoqué con mi engaño.
Por eso es que lloro, son lágrimas de culpa, no se merecía esta traición de mi parte, pero ya es tarde, el daño esta hecho.

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